Las medallas y los honores no enriquecen a la gente, pero sí la hacen feliz, incluso cuando no cumplen ningún propósito.
La semana pasada estaba pensando sobre el deseo de William Shakespeare de que le dieran un escudo de armas y un título nobiliario.
Eventualmente el Colegio de Armas, la autoridad de los títulos nobiliarios en Reino Unido, le concedió el escudo heráldico a su padre, John, en reconocimiento por los servicios prestados por su bisabuelo al rey Enrique VII.
Pero al recordar eso lo que me intrigó es ¿por qué Shakespeare querría un escudo?
Un hombre que, dicho sea de paso, sabía todo lo que hay que saber sobre «la pompa, reputación» y la irrelevancia general de todas las cosas de este mundo.
Confieso que he pecado
Debo declarar inmediatamente que estoy tirando la piedra sin estar libre de culpas: fui condecorado por Francia como caballero de un imperio inexistente, el chevalier de la República Francesa de Artes y Letras.
No me da derecho a nada, ni poder para hacer nada, pero para mí tiene un gran significado.
La medalla la usé toda la noche en la que me la entregaron, a pesar de las burlas de mi familia y las miradas estupefactas de los meseros en un restaurante.
Y aprovecho cualquier ocasión, así sea sólo medio formal, para ponerme la cinta que debes usar en lugar de la medalla, para que no piensen que tienes mal gusto.
¿Qué nos hace querer honores sabiendo que terminan humillándonos? ¿Por qué queremos premios, desde los literarios hasta los de juguete?
Pues precisamente ese sistema de honores francés que existe en la actualidad es un buen caso para explorar la psicología de los honores y las condecoraciones, pues su origen puede rastrearse en gran medida a un par de regentes astutos y cínicos: Luis XIV y Napoleón.